Capítulo 8: Instinto y confusión.
Cerré la taquilla. Se oyó fuerte
golpe metálico.
Agarré fuertemente los libros y
me dirigí a mi clase.
Aunque ya había sonado la campana
en medio del pasillo seguía habiendo mucha gente. Cada persona se dirigía aun
sitio distinto, por lo que algunas tropezaban entre ellas.
Caminé con lentitud hacia el aula
B, cuando algo me distrajo.
Kevin me miraba, me giré para
devolverle el gesto.
Él se dio cuenta, y me regaló una
dulce sonrisa. Yo le respondí de la misma forma.
Una gran masa de calor acababa de
entrar en mi cuerpo, haciendo que me sorprendiera.
Por unos segundos me sentí
completa.
Entonces, dolor.
Me había chocado contra algo,
mejor dicho, alguien.
Sus fuertes brazos me agarraron
por los hombros.
-Ten más cuidado, preciosa. Podrías
hacerte daño.- Al oír estas palabras, alcé la vista.
Brad.
-Hola Brad. Lo siento mucho.- Me
disculpé un tanto cabizbaja.
-No te preocupes. ¿Pero tú estás
bien, no?- Al decir esto, una amable sonrisa se dibujó en su rostro.
-Sí,sí, no tiene importancia.-
Brad se dio media vuelta, dándome
la espalda, y comenzó a caminar hacia el aula en la que todos nos esperaban ya.
-Vamos, te acompaño a clase.-
Iba a decirle que no hacia falta,
tampoco estaba tan lejos, pero antes de poder contestarle, él me agarró
suavemente por el brazo, y continuó andando sin decir palabra.
Cuando conseguí entreabrir un
poco los labios, separando la comisura superior de la inferior, susurré:
-Vale...-
-Vale...-
Por fin habían pasado ya las
interminables horas de clase, y todos nos dirigíamos a nuestras casas.
Con un gesto de mano, me despedí
de Yas, quien me sonrió divertida.
El resto de la mañana sucedió con
tranquilidad.
Llegué a casa, comí, y me puse a
hacer los deberes. No dormí siesta, nunca duermo la siesta, va en contra de mí.
Cuando terminé de hacer los
deberes, me levanté de mi asiento frente al portátil y estiré mi cuerpo
levantado los brazos hacia el techo.
Miré el reloj. No era tarde,
podría salir a dar una vuelta.
Y, con este pensamiento aún
flotando en mi mente, cogí una chaqueta blanca y lila de forro polar, y me
aventuré al mundo exterior.
En realidad, no hacia frío, pero
me alegré de haber cogido la chaqueta cuando una suave y ligera, pero a la vez
fría, brisa otoñal, me pasó por encima.
Mi cuerpo tembló y se estremeció
al entrar en contacto con ella, sin embargo, se pasó pronto gracias al calor
que me transmitía el forro polar.
Finalmente llegué al parque, y
allí, mi sorpresa fue en aumento.
Kevin estaba allí, entrenando,
como el otro día, al parecer era una rutina.
Intenté encontrar un sitio donde
esconderme para que no notara que estaba allí, pero era tarde.
Kevin se giró levemente hacia
donde me encontraba, me había visto.
Ya no tenía sentido escondido
esconderme, así que, me armé de valor, y me senté en uno de los columpios, sin
quitarle los ojos de encima.
Pero el no pareció notar que le
estaba observando, y siguió entrenando como si nada.
Pasados unos minutos, Kevin se
giró hacia mí, y, con la bolsa de el equipamiento para entrenar colgada del
hombro, fue hasta donde yo me encontraba.
Me balanceé suavemente en el
columpio, esperando a que se aproximara todo lo posible.
Cuando estuvo frente a mí,
mirándome fijamente, detuve el movimiento de mis piernas involuntariamente,
quedando así en frente de él, sin que nada me distrajera de su magnífico
rostro, y su bien fornido cuerpo.
-¿Entrenando?-. Dije con dulzura,
y en ese instante me arrepentí de lo que había dicho.
¿En serio, Lee?¿Entrenando? ¿Es
lo mejor que podías decir? Para eso mejor no digas nada...
Esos pensamientos hicieron que me
apenara.
Pero él ignoró mi pregunta y,
suavemente, formuló otra:
-¿Tienes frío?-.
¿Frío? Es verdad, hasta ahora no
me había dado cuenta. Mi cuerpo entero estaba temblando a causa de las heladas
brisas que recorrían la ciudad, que recorrían cada recoveco del barrio.
Al final, el forro polar no había
servido para nada...
Kevin, sin esperar ninguna
respuesta por mi parte, me protegió del frío con sus fuertes, y ahora llenos de
sudor, brazos.
Sin embargo el sudor no me
importó, solo me importó la muestra de cariño que estaba teniendo conmigo.
-Ven-. Dijo sin más.
Soltó el abrazo y agarró con
fuerza, pero a la vez con delicadeza, mi mano.
Echó a correr sin mirar atrás.
¿Después de aquel durísimo
entrenamiento todavía tenía fuerzas para correr así?
Alejé aquel pensamiento de mi
mente, tenía que mirar por dónde iba, o sino tropezaría y caería.
Seguimos corriendo unos minutos
hasta que, por fin, nos detuvimos.
Nos encontrábamos enfrente de una
gran casa, con aspecto antiguo pero elegante, muy elegante.
Tenía jardín, huerto,
invernadero, piscina, zona recreativa, balneario e incluso pistas de tenis,
fútbol y baloncesto.
Más que una casa, en total parecía u hotel, y uno muy lujoso.
Pero el centro de todo, la casa,
daba más sensación de antigüedad que de riqueza.
Kevin entró en el interior de “La
Fortaleza” y me hizo un gesto con la
cabeza para que le siguiera.
Entré cuidadosamente por la gran
puerta a modo de verja corredera, y le seguí en silencio.
¿Qué era este sitio? ¿ Por qué me
había traído aquí? No lo sabía, y eso cada vez me inquietaba más, pero todo
pasó al entrar en la casa.
En su interior había una
sensación de calidez, de familiaridad, de hogar.
Era una casa muy, muy grande, una
mansión, pero eso no hacía que estuviera fría y solitaria. Es más, todo lo
contrario.
Llegamos a una gran sala a la
derecha de la entrada.
Kevin le dio al interruptor de la
luz y todo quedó completamente iluminado.
Era el salón más grande y
elegante que había visto en toda mi vida.
Grandes, y a mi parecer cómodos
sillones tapizados en cuero blanco se encontraban centrados en la habitación,
los tes alrededor de una pequeña mesa de café, realizada en vidrio
transparente.
En frente de los sillones se
encontraba una grande y espaciosa chimenea, formada por ladrillos rojos.
No aparentaba que la hubieran
usado hace poco, pues las marcas de hollín y cenizas casi no se encontraban en
ella.
Las paredes de enfrente y de la
derecha de esta tragadora de fuego, se hallaban adornadas con bellos y lujosos
cuadros de artistas antiguos, realizados al óleo.
En estas paredes también se
encontraban dos estanterías, una en cada una. Todas estaban llenas en su
totalidad de libros y cuadernos de anotaciones.
El suelo estaba adornado con una
gran moqueta en tonos rojos y blancos. Y del techo colgaba una enorme y pesada
lámpara de cristal, de la cual colgaban miles de cristales, todos en tonos
transparentes o blancos.
-Siéntate. - Ordenó Kevin.
Él había intentado hacer una
petición, pero lo que había pronunciado era mucho más serio y brusco de lo que
debería. Por ello, sonó, claramente, como una orden.
No dije nada, solo me quedé
observándole.
Todavía no sabía que hacia en esa
casa, así que me limité a escuchar.
Me senté en uno de los sillones y
esperé.
-Está es mi casa.- Hizo una
pausa.- Ponte cómoda. Voy a ducharme. Ahora vuelvo.-
Tras esto, subió con tranquilidad
las escaleras de la casa hasta desaparecer en el piso de arriba.
Estuve unos momentos sentada en
el sillón, pensando qué hacer.
Entonces me entró sed, y me
decidí a buscar la cocina.
Viajé por la casa durante
bastante tiempo. No sé cuanto, lo único que sabía era que había dejado de
escucharse el agua de la ducha.
Después de las miles de vueltas
que di por la casa hasta haber visto casi todas la habitaciones, por fin, hallé
la cocina.
Me serví un vaso de agua del
grifo, y bebí un poco. Lo dejé sobre la encimera de granito.
Me apoyé en esta misma, y dejé
que mi ente volara.
Seguía sin saber la razón de mi
llegada a esta casa, pero la sensación de calidez y de comodidad que me
transmitía el hogar, calmaba mi curiosidad, haciéndome ver otras cosas.
Y, mientras mi mente volaba, y yo
seguía en mi mundo, mi codo golpeó el vaso que minuto antes había dejado ahí.
El vaso cayó sin remedio al
suelo.
La lluvia de cristales armó un
gran estruendo.
Me sorprendí y me sobresalté, y
entonces vi algo que me dejó en shock durante algún tiempo.
Agua.
El agua. Pequeñas, preciosas,
transparentes, brillantes, y frías gotas de agua flotaban alrededor de los
restos del vaso, y se elevaban cada vez más y más hacia el cielo.
Volaban con suavidad, lentas y
tranquilas, libres y ligeras, como si nada del exterior pudiera afectarlas en
nada.
Confusa y asustada me fui
alejando de esa zona, andando hacía atrás.
Hasta que algo, o alguien, se
chocó con mi cuerpo por la espalda.
¿Habría visto él lo que había
pasado? ¿Habría sido yo la que había hecho que pasara? Y lo más
importante...¡¿Qué había pasado?!