miércoles, 25 de abril de 2012

Historia 1: " Sombras de Agua" 8


Capítulo 8: Instinto y confusión.

Cerré la taquilla. Se oyó fuerte golpe metálico.
Agarré fuertemente los libros y me dirigí a mi clase.

Aunque ya había sonado la campana en medio del pasillo seguía habiendo mucha gente. Cada persona se dirigía aun sitio distinto, por lo que algunas tropezaban entre ellas.

Caminé con lentitud hacia el aula B, cuando algo me distrajo.
Kevin me miraba, me giré para devolverle el gesto.
Él se dio cuenta, y me regaló una dulce sonrisa. Yo le respondí de la misma forma.
Una gran masa de calor acababa de entrar en mi cuerpo, haciendo que me sorprendiera.
Por unos segundos me sentí completa.

Entonces, dolor.
Me había chocado contra algo, mejor dicho, alguien.
Sus fuertes brazos me agarraron por los hombros.
-Ten más cuidado, preciosa. Podrías hacerte daño.- Al oír estas palabras, alcé la vista.
Brad.

-Hola Brad. Lo siento mucho.- Me disculpé un tanto cabizbaja.
-No te preocupes. ¿Pero tú estás bien, no?- Al decir esto, una amable sonrisa se dibujó en su rostro.
-Sí,sí, no tiene importancia.-
Brad se dio media vuelta, dándome la espalda, y comenzó a caminar hacia el aula en la que todos nos esperaban ya.

-Vamos, te acompaño a clase.-
Iba a decirle que no hacia falta, tampoco estaba tan lejos, pero antes de poder contestarle, él me agarró suavemente por el brazo, y continuó andando sin decir palabra.
Cuando conseguí entreabrir un poco los labios, separando la comisura superior de la inferior, susurré:
-Vale...-



Por fin habían pasado ya las interminables horas de clase, y todos nos dirigíamos a nuestras casas.
Con un gesto de mano, me despedí de Yas, quien me sonrió divertida.

El resto de la mañana sucedió con tranquilidad.
Llegué a casa, comí, y me puse a hacer los deberes. No dormí siesta, nunca duermo la siesta, va en contra de mí.
Cuando terminé de hacer los deberes, me levanté de mi asiento frente al portátil y estiré mi cuerpo levantado los brazos hacia el techo.
Miré el reloj. No era tarde, podría salir a dar una vuelta.

Y, con este pensamiento aún flotando en mi mente, cogí una chaqueta blanca y lila de forro polar, y me aventuré al mundo exterior.


En realidad, no hacia frío, pero me alegré de haber cogido la chaqueta cuando una suave y ligera, pero a la vez fría, brisa otoñal, me pasó por encima.

Mi cuerpo tembló y se estremeció al entrar en contacto con ella, sin embargo, se pasó pronto gracias al calor que me transmitía el forro polar.

Finalmente llegué al parque, y allí, mi sorpresa fue en aumento.
Kevin estaba allí, entrenando, como el otro día, al parecer era una rutina.

Intenté encontrar un sitio donde esconderme para que no notara que estaba allí, pero era tarde.
Kevin se giró levemente hacia donde me encontraba, me había visto.
Ya no tenía sentido escondido esconderme, así que, me armé de valor, y me senté en uno de los columpios, sin quitarle los ojos de encima.

Pero el no pareció notar que le estaba observando, y siguió entrenando como si nada.
Pasados unos minutos, Kevin se giró hacia mí, y, con la bolsa de el equipamiento para entrenar colgada del hombro, fue hasta donde yo me encontraba.
Me balanceé suavemente en el columpio, esperando a que se aproximara todo lo posible.
Cuando estuvo frente a mí, mirándome fijamente, detuve el movimiento de mis piernas involuntariamente, quedando así en frente de él, sin que nada me distrajera de su magnífico rostro, y su bien fornido cuerpo.

-¿Entrenando?-. Dije con dulzura, y en ese instante me arrepentí de lo que había dicho.

¿En serio, Lee?¿Entrenando? ¿Es lo mejor que podías decir? Para eso mejor no digas nada...
Esos pensamientos hicieron que me apenara.

Pero él ignoró mi pregunta y, suavemente, formuló otra:
-¿Tienes frío?-.

¿Frío? Es verdad, hasta ahora no me había dado cuenta. Mi cuerpo entero estaba temblando a causa de las heladas brisas que recorrían la ciudad, que recorrían cada recoveco del barrio.
Al final, el forro polar no había servido para nada...

Kevin, sin esperar ninguna respuesta por mi parte, me protegió del frío con sus fuertes, y ahora llenos de sudor, brazos.
Sin embargo el sudor no me importó, solo me importó la muestra de cariño que estaba teniendo conmigo.

-Ven-. Dijo sin más.
Soltó el abrazo y agarró con fuerza, pero a la vez con delicadeza, mi mano.
Echó a correr sin mirar atrás.
¿Después de aquel durísimo entrenamiento todavía tenía fuerzas para correr así?
Alejé aquel pensamiento de mi mente, tenía que mirar por dónde iba, o sino tropezaría y caería.


Seguimos corriendo unos minutos hasta que, por fin, nos detuvimos.
Nos encontrábamos enfrente de una gran casa, con aspecto antiguo pero elegante, muy elegante.
Tenía jardín, huerto, invernadero, piscina, zona recreativa, balneario e incluso pistas de tenis, fútbol y baloncesto.
 Más que una casa, en total parecía u  hotel, y uno muy lujoso.
Pero el centro de todo, la casa, daba más sensación de antigüedad que de riqueza.

Kevin entró en el interior de “La Fortaleza” y me hizo  un gesto con la cabeza para que le siguiera.

Entré cuidadosamente por la gran puerta a modo de verja corredera, y le seguí en silencio.
¿Qué era este sitio? ¿ Por qué me había traído aquí? No lo sabía, y eso cada vez me inquietaba más, pero todo pasó al entrar en la casa.
En su interior había una sensación de calidez, de familiaridad, de hogar.
Era una casa muy, muy grande, una mansión, pero eso no hacía que estuviera fría y solitaria. Es más, todo lo contrario.

Llegamos a una gran sala a la derecha de la entrada.
Kevin le dio al interruptor de la luz y todo quedó completamente iluminado.
Era el salón más grande y elegante que había visto en toda mi vida.
Grandes, y a mi parecer cómodos sillones tapizados en cuero blanco se encontraban centrados en la habitación, los tes alrededor de una pequeña mesa de café, realizada en vidrio transparente.
En frente de los sillones se encontraba una grande y espaciosa chimenea, formada por ladrillos rojos.
No aparentaba que la hubieran usado hace poco, pues las marcas de hollín y cenizas casi no se encontraban en ella.

Las paredes de enfrente y de la derecha de esta tragadora de fuego, se hallaban adornadas con bellos y lujosos cuadros de artistas antiguos, realizados al óleo.

En estas paredes también se encontraban dos estanterías, una en cada una. Todas estaban llenas en su totalidad de libros y cuadernos de anotaciones.

El suelo estaba adornado con una gran moqueta en tonos rojos y blancos. Y del techo colgaba una enorme y pesada lámpara de cristal, de la cual colgaban miles de cristales, todos en tonos transparentes o blancos.

-Siéntate. - Ordenó Kevin.
Él había intentado hacer una petición, pero lo que había pronunciado era mucho más serio y brusco de lo que debería. Por ello, sonó, claramente, como una orden.

No dije nada, solo me quedé observándole.
Todavía no sabía que hacia en esa casa, así que me limité a escuchar.
Me senté en uno de los sillones y esperé.

-Está es mi casa.- Hizo una pausa.- Ponte cómoda. Voy a ducharme. Ahora vuelvo.-
Tras esto, subió con tranquilidad las escaleras de la casa hasta desaparecer en el piso de arriba.

Estuve unos momentos sentada en el sillón, pensando qué hacer.
Entonces me entró sed, y me decidí a buscar la cocina.
Viajé por la casa durante bastante tiempo. No sé cuanto, lo único que sabía era que había dejado de escucharse el agua de la ducha.

Después de las miles de vueltas que di por la casa hasta haber visto casi todas la habitaciones, por fin, hallé la cocina.

Me serví un vaso de agua del grifo, y bebí un poco. Lo dejé sobre la encimera de granito.
Me apoyé en esta misma, y dejé que mi ente volara.

Seguía sin saber la razón de mi llegada a esta casa, pero la sensación de calidez y de comodidad que me transmitía el hogar, calmaba mi curiosidad, haciéndome ver otras cosas.

Y, mientras mi mente volaba, y yo seguía en mi mundo, mi codo golpeó el vaso que minuto antes había dejado ahí.
El vaso cayó sin remedio al suelo.
La lluvia de cristales armó un gran estruendo.

Me sorprendí y me sobresalté, y entonces vi algo que me dejó en shock durante algún tiempo.

Agua.
El agua. Pequeñas, preciosas, transparentes, brillantes, y frías gotas de agua flotaban alrededor de los restos del vaso, y se elevaban cada vez más y más hacia el cielo.
Volaban con suavidad, lentas y tranquilas, libres y ligeras, como si nada del exterior pudiera afectarlas en nada.

Confusa y asustada me fui alejando de esa zona, andando hacía atrás.
Hasta que algo, o alguien, se chocó con mi cuerpo por la espalda.

¿Habría visto él lo que había pasado? ¿Habría sido yo la que había hecho que pasara? Y lo más importante...¡¿Qué había pasado?!

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